2 problemas, un amigo

Mientras conseguía alguna solución para desbloquear mi tarjeta tuve que recurrir a la buena generosidad de mis compañeros de habitación para poder comer durante mi primera semana en Brasil. Gabriel compró salchichas, pasta pre cocida, manzanas y agua embotellada. Aunque el agua no era una necesidad imperiosa, se hacía necesaria para evitar dolencias estomacales futuras. Antonio, improvisado amigo, llevó a la pensión leche, pan tajado integral, chocolate en polvo, huevos, cereal y papas.

Gracias a su magnificencia pude alimentarme varios días. Solíamos dormir hasta las 10 de la mañana para evadir el desayuno. Para el almuerzo comíamos sándwich de puré de papa con batido de chocolate y banano. Recuerdo que Antonio tenía un método bastante particular para elaborar el puré: tomaba las papas calientes y las metía dentro del vaso de la licuadora, agregaba un poco de leche y accionaba la máquina hasta que diera el punto.

Por las noches salíamos a comer y de no ser por Antonio, quien corrió con mis gastos esa semana, pude haber dormido con la barriga vacía. Igual sucedió con el dinero del transporte, los elementos de limpieza personal y una que otra cerveza, todo alcanzó para el colombiano, algo que me hizo entender que no estaba del todo solo, sabía que podía confiar en alguien.

¿Cómo dice que dijo amigo?, ¿de teclitas?

La única forma que tuve para comunicarme con la empresa bancaria (conocida como Bancolombia) fue a través del computador de Antonio, que amablemente se ofreció a dejar de ver Breaking Bad para ayudarme. Desde el servicio de atención al cliente me dijeron que para desbloquear mi cuenta tendría que proporcionarles un número telefónico en Brasil para comprobar que me encontraba en Santa María. Antonio volvió a socorrerme y me prestó una tarjeta SIM de la operadora VIVO, que había adquirido antes de mi llegada pero que no funcionaba en su teléfono.

El proceso para desbloquear una tarjeta débito desde el exterior es relativamente sencillo. Te llaman al número que proporcionas, luego te piden seguir una serie de pasos y responder a un cuestionario corto con el teclado del teléfono.

  • ¿Tiene cuenta en otra entidad financiera? Si es así presione la tecla 1, si la respuesta es negativa presione 2- me dijo Andrés, mi asesor personalizado (así se presentó). Como esta era la única tarjeta de mi propiedad no dude en marcar la primera opción.
  • ¿Ya la presionó señor Sarmiento? – preguntó Andrés.
  • Ya lo hice – le dije.
  • Hágalo de nuevo – ordenó.
  • Lo hice otra vez – contesté.
  • Sus respuestas no están siendo registradas en el sistema señor Sarmiento, dígame qué tipo de tipo de teléfono está utilizando y si éste tiene pantalla táctil o teclado – indagó el asesor.
  • Es un Huaweii G-526 y no tiene teclas, es de pantalla táctil – respondí impaciente.
  • Lo siento señor, pero vamos a tener que emplear otro método de verificación a no ser que disponga de un teléfono con teclas – me dijo.
  • ¿Cómo dice que dijo? Es el año 2014, las teclas desaparecieron hace tiempo, por favor entonces empleemos la otra opción – le reclamé…

La alternativa que me dieron fue mucho más simple que la verificación – ¡¡de teclas!!- y consistía en realizar una llamada desde la plataforma del banco mediante un teléfono virtual que simulaba un teclado. Con el cursor respondí al cuestionario y luego de unos minutos me pidieron autorización para emplear mi tarjeta en el exterior. Acepté y antes de colgar, me dijeron que la cuenta había sido desbloqueada.

Merecida recompensa

Cuando recuperé mi cuenta y tuve dinero suficiente para pagar mi deuda, hice un tremendo mercado donde no faltara nada. Tomé la olla a presión para hacer una sopa de pollo, acompañada de arroz, ensalada de tomate y cebolla, lentejas moradas y por supuesto, el inolvidable puré de papa. Hasta ese día fui vegetariano.

Cocinaba para todos y compartía mis alimentos, no solo por el hecho de comer acompañado, sino porque era la mejor forma de decirle a mis compañeros, en especial a Antonio: ¡¡muchas gracias amigo!!

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Jhonattan Sarmiento

Aquí se replican historias, relatos, opiniones e investigaciones poco conocidas.

¿Por qué somos testarudos? Porque queremos ser libres pero amamos las cadenas.

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