São Paulo
Fue difícil afrontar la pérdida del vuelo, más aún cuando la agencia de viajes sólo respondía que el dinero no era reembolsable. Reconozco que en varias oportunidades pensé en devolverme para Cúcuta, en no seguir con la aventura como voluntario, pero pudieron más las ganas que el deseo y llamé a mis familiares para pedir ayuda. Foto: Unplash de Pixabay.com

El empeño por llegar a São Paulo

Bogotá, 19 de diciembre de 2014. Es medianoche y cargo con un vuelo perdido a cuestas y pensando en aeropuertos.

La pensión donde pasaría el resto de la noche era pequeña pero servía para protegerse de un frío cada vez más agudo. Las rodillas sufrían cuando las movía, y las sienes tintineaban al son de la temperatura descendente. De la boca salía vapor y por la nariz bajaba agua.

Hubo pocos amagos de sueño. Permanecí varias horas en vigilia haciendo conjeturas sobre lo sucedido y nunca llegué a una respuesta objetiva porque siempre terminé con autoflagelaciones psicológicas.

Cubierto hasta el pescuezo a causa de la helada madrugada bogotana, obtuve un momento de lucidez y procuré descansar así mi mente siguiera activa. Casi lo consigo, de no ser por los sendos gestos de cariño que comenzaron a brotar desde una habitación contigua a la mía. Durante algunas horas, una pareja notificó a todos los inquilinos de su amor infinito. Y vaya que lo hicieron bien, porque en la recepción no pararon los reclamos por las asmáticas muestras de pasión de los jadeantes.

El barullo de la pensión ante tal desparpajo trajo para mi conciencia un poco de humor. Sentía que vivía el nudo de una tragicomedia perturbadora: mientras unos celebraban por la graduación (más que merecida) de mi hermano, yo era el actor principal de La pequeña desgracia del viajero frustrado y los suspiros circundantes.

Fue difícil afrontar la pérdida del vuelo, más aún cuando la agencia de viajes sólo respondía que el dinero no era reembolsable. Reconozco que en varias oportunidades pensé en devolverme para Cúcuta, en no seguir con la aventura como voluntario, pero pudieron más las ganas que el deseo y llamé a mis familiares para pedir ayuda.

-Cuenta con nosotros para lo que necesite- dijeron del otro lado de la línea.

Esa noche Aiesec también se comunicó conmigo. El funcionario de autoayuda que mencioné en el post anterior, sugirió que tomara acciones toscas (por no decir irrespetuosas) en contra de la aerolínea.  Quería que rompiera algún vidrio, que pateara algo, que me revelara; en fin, que formara un espectáculo bochornoso para que dicha presión insolente causara la asignación de un nuevo vuelo.

Después de semejante recomendación, y ya con los amantes en completa calma, cerré los ojos por varios minutos. A las 7 de la mañana del 20 de diciembre los volví a abrir.

São Paulo: un lío casi perpetuo

Llegué temprano al aeropuerto en busca de soluciones. Hablé con autoridades de la Aerocivl para que mediaran con los encargados de mi reserva y resolvieran algo. Muy poco consiguieron; llamadas vinieron y fueron, y al final, me recordaron que los códigos no podían modificarse porque la agencia subcontrató con otra ubicada en Alemania, la cual había bloqueado cualquier tipo de modificación a los itinerarios aéreos.

Con la idea del escándalo desechada, opté por el apoyo familiar; fui hasta las oficinas de la aerolínea y compré otro boleto, pero esta vez hasta Porto Alegre porque Santa María no aparecía dentro de las rutas de ninguna empresa colombiana.

En el primer intento de ida…con lágrimas incluidas, dije que mi equipaje se había ido para São Paulo la noche anterior. Para mi sorpresa me notificaron que el morral (que con ropa adentro superaba el metro de altura) fue devuelto por mi ausencia, pero que estaba listo para abordar conmigo. Pregunté dónde debía recogerlo y ellos insistieron que en la capital paulista.

Con nada más que un fardel en hombros, donde cargaba un par de camisetas, un cepillo de dientes (sin crema dental) y la traducción al español de 1984 de George Orwell; me senté en la silla 35-D  del vuelo 3505 de LAN Colombia. Cuando eran las 8:30 p.m., el avión rodó por la pista de aterrizaje. En español y en inglés, el piloto saludaba en nombre de la tripulación y pronosticaba entre 6 y 7 horas de vuelo. Cuando los micrófonos se apagaron y los auxiliares verificaron que todo andaba en orden, tomé el libro de Orwell e intenté descifrar un aparte de capítulo que me resultaba bastante familiar ante mi situación:

A Winston le parecía estar recorriendo las selvas submarinas, perdido en un mundo monstruoso cuyo monstruo era él mismo. Estaba solo. El pasado había muerto, el futuro era inimaginable. ¿Qué certidumbre podía tener él de que ni un solo ser humano estaba de su parte?

Cuando los oídos se taparon por los cambios en la presión atmosférica, y el frío se sentía mucho más que en Bogotá, cerré el libro y encendí una pantalla auxiliar de la que disponen los pasajeros para no cuestionarse el paso del tiempo a lo largo del vuelo.

Con un nulo dominio del portugués, escogí un diccionario Berlitz con lecciones intensivas. Sustantivos, números naturales y cientos de vocabularios interactivos eran los contenidos. Como sabía muy poco de esta lengua inicié con lo más elemental: las construcciones básicas de oraciones.

Cuanto la aero-otitis se intensificó, y el frío me obligó a ponerme otro par de medias, la pantalla mostraba una ventana emergente donde se me sugería utilizar auriculares. Para comprender mejor la lección sobre pronombres personales debía enfocarme no solo en la escritura, sino también en la pronunciación.

Los audífonos tocaron las orejas y una voz de una mujer comenzó a decirme que repitiera después de ella:

Yo…..eu

Tu…você

Ella….ela

Él…ele

Ellos…eles.

Nosotros…nós

Lo repetí varias veces pero cuando quise tomar otra lección, el sueño me ganó; acabé viviendo una fantasía donde personificaba a Wiston, el protagonista de 1984; valga decir que todos los diálogos los hacía en un paupérrimo portugués.

A las 5 de la mañana del 21 de diciembre tocamos tierra brasilera. El aeropuerto de Guarulhos nos recibió con un clima agradable.

Me encomendé al destino y fui a buscar mi equipaje perdido.

Si te ha gustado, comparte.
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  

About the author

Jhonattan Sarmiento

Aquí se replican historias, relatos, opiniones e investigaciones poco conocidas.

¿Por qué somos testarudos? Porque queremos ser libres pero amamos las cadenas.

View all posts

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

46 + = 50