paulista
Aeropuerto internacional Guarulhos, São Paulo. /Fuente: Pixabay.com

La llegada

El aeropuerto paulista me pareció de lo más agradable. Tal vez fue por la hora pero el silencio de sus instalaciones me hizo creer que operaba con tranquilidad, y aquella idea de que era un caos completo por el flujo de viajantes acabó siendo un mito.

Tal como mencioné en el post anterior, llegaba a Guarulhos con la certeza de que conseguiría mi equipaje y podría cambiarme de ropas. Todo parecía reorganizarse, por eso, esperé con mucha calma a que la banda transportadora comenzara a exhibir el desfile de pertenencias de cada quien.

Junto a mí, aguardaba un argentino que regresaba a su natal Rosario. Vestía por completo de negro y usaba una chaqueta de cuero ceñida al cuerpo. Dijo que esperaba por una guitarra que lo acompañaba desde Estados Unidos. Recuerdo que se quejó mucho de viajar por conexión.

Al cabo de un rato, por la banda comenzaron a asomarse maletas de distintos tamaños y colores; algunas llegaron a confundirme pero nunca apareció la mía. Lo mismo sucedió con el rosarino, que arrugó la frente e hizo un gesto de desagrado cuando la banda acabó vacía.

La historia se repetía, cumplía dos días con la misma vestimenta y no podía dejar de angustiarme por el paradero de mis prendas. Al argentino y a mí nos dirigieron al centro de equipaje rezagado (como si fuese novedad para mí) para que notificáramos a los funcionarios sobre las cosas extraviadas. Allí, dos hombres atendían a los viajeros. Uno tecleaba sin descanso en un computador de escritorio, casi que sin levantar la cara. El otro, de pie, hablaba con un radiotransmisor que colgaba en su hombro derecho.

Al músico sureño le dijeron que no debía irritarse porque su guitarra iba rumbo a Rosario. Cuando llegó mi turno, el hombre del radiotransmisor, con un español claro pero con una entonación cómica, me pidió el código de identificación de mi equipaje. Sabía que debía conservarlo como si fuese mi vida por ende no dudé en sacarlo de mi bolsillo y dictarle los 9 dígitos que lo componían.

Después de eso el hombre de dedos ágiles los escribió en su equipo e hizo un gesto de asombro. Le dijo algo en portugués al hombre del radio y establecimos un ligero contacto visual que terminó cuando el sujeto siguió escribiendo sobre el teclado. Noté que algo no andaba bien porque entre ellos no cesaron las comunicaciones en voz baja. Cuando finalizaron las conversaciones, vino mi turno para hablar.

-¿Sucede algo?- dije después del silencio de los dos.

– Dígame una cosa señor Sarmiento, según esto usted debería haber llegado el día de ayer, ¿eso es verdad? –preguntó el hombre del acento gracioso-.

-Afirmé con la cabeza y enseguida los dos funcionarios suspiraron y sonrieron entre sí.

-Lo que pasa es que su equipaje lo encontramos, pero debo decirle que no está aquí porque arribó a Porto Alegre esta mañana- manifestó el señor del teclado.

Tuve en mi cabeza un amago de ira por las mentiras que me dijeron en Bogotá; aun así nunca la manifesté. Agradecí al par de hombres y fui a buscar la otra puerta de embarque para mi vuelo hacia Porto Alegre. Eran las 6:20 a.m y el vuelo 3289 de TAM me llevaría hacia la capital del Rio Grande do Sul. Si no se presentaba alguna novedad, partiríamos dos horas después.

No hubo improvistos y pude llegar a la puerta de embarque a tiempo. Curiosamente allí nos recogió un autobús que nos dirigió a la pista de aterrizaje donde aguardaba un Airbus A330 con capacidad para más de 300 personas. Por fortuna viajé en un asiento con ventanilla y pude conocer el impetuoso tamaño de São Paulo. Desde los cielos, es difícil distinguir la vegetación de la capital paulista. Solo observé el marrón de las construcciones y diferentes grises en las calles.

Llegó un momento en que la elevación del avión me causó cierto mareo; los oídos se taparon y la cabeza dolía levemente. Se me dificultaba distinguir las cosas de abajo y la escala de grises de las calles se mezcló con el marrón de los edificios.

Cuando pasamos sobre una colcha de nubes vi a una pareja de paulistas a mi lado; sudaban de los nervios por algunas turbulencias que sacudían los metales y orquestaban un leve gemido de angustia de la mujer. Les dije en español que se calmaran, que no pasaría de unos segundos, que después volvería la calma; pero sus ojos mostraban una incomprensión absoluta. Optaron por la lengua de señas para hacerme entender que no comprendían mi idioma.

Las manos de ella pararon la poca conversa que tuvimos. Esa escasa comunicación me hacía desmitificar eso de que ambas lenguas pueden interpretarse con facilidad. Pocas horas en Brasil me sirvieron para derrumbar el mito de que las lenguas con raíces latinas se comprenden por ósmosis.

Mientras tanto, y cuando procuraba resolver mis dudas idiomáticas, un australiano sentado en el asiento de atrás hablaba con su hermano algunas impresiones sobre Brasil.

-Aquí no hay reglas, puedes hacer lo que quieras y nadie te detendrá- repetía con sorna mientras daba pequeñas patadas en mi espaldar.

Mientras procesaba esas palabras sobre la anarquía del extranjero, comencé a pensar en los prejuicios que tendrían de mi país. Tal vez por eso tenía una cierta predisposición con las personas.

Ignorado el léxico del oceánico miré de nuevo a la pareja de paulistas. La señora yacía dormida y su cabeza reposaba sobre el hombro de su acompañante; yo en cambio intenté no seguir sus pasos y opté por leer la cartilla publicitaria que todas las aerolíneas dejan a un costado del asiento. Cuando hube de revisar las caricaturas que indicaban cómo debía actuar en caso de emergencia la voz del piloto salió de los parlantes del pasillo. Habíamos llegado a Porto Alegre.

Continúa próximamente.

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About the author

Jhonattan Sarmiento

Aquí se replican historias, relatos, opiniones e investigaciones poco conocidas.

¿Por qué somos testarudos? Porque queremos ser libres pero amamos las cadenas.

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