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La maloca de los Hare Krishna

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La maloca de los Hare Krishna es una continuación de Lwntana Nacoggi y su mensaje para el mundo de las impurezas

Cuando el encuentro se produjo, el mamo recibió un collar de flores rojas, de esos que suelen dar a visitantes de tierras caribeñas. Un fuerte abrazo sentenció el encuentro con el Swami B.A. Paramadvaiti.  Las sonrisas y miradas cómplices hacían suponer que se volvían a encontrar después de cierto tiempo.

Juntos, con la gente exaltada y cantando, siguieron subiendo hasta la cocina para saludar a los demás. Todos yacían perturbados de tanta emoción. No era común contar con la presencia de su gurú.  Muchos fieles, cuando iban a saludar al maestro de facciones europeas, descansaban su cabeza debajo del brazo del gurú. Parecía una señal de reverencia.

Mientras las músicas llegaban a cada rincón de la hacienda, todos gritaban exaltados: “Hare Krishna, Hare Rama”. Lwntana permanecía en silencio y observaba la situación, a la sombra del líder de cara y cuerpo circular. Por su cabello se asomaba cientos de canas, aunque la trenza característica de la parte posterior de la cabeza era más rubia que blanca. Tenía párpados morados escondidos detrás de unos lentes de marco ovalado.

El gurú hablaba un correcto español. Algunas veces soltaba uno que otro ademán de extranjero, especialmente cuando debía pronunciar erres. Eso no importaba para los fieles, su presencia era suficiente para iluminar sus rostros. Unos reían con ojos brillosos, otros rompían en llanto al tenerlo tan cerca. Celebraban sus chistes sin gracia, le ofrecían asistencia para cualquier cosa; sobre todo, guardaban una insondable devoción hacia su figura.

Sobre un montículo se estaban creando nuevas edificaciones en ladrillos de barro oscuro. El techo eran trozos de madera unidos en un extremo y cubiertos con un plástico que fungía como barrera de protección contra la lluvia. Allí dormiría parte de la comitiva y algunos, ya estaban instalados en las rudimentarias construcciones. También establecieron una zona para acampar. Alcancé a contar siete carpas.

Más arriba, oculta entre la montaña, casi tocando la carretera, sobresalía una maloca hecha en barro, caña brava, restos de madera, troncos de guadua y ramas secas. Los dueños de Govinda dijeron que era una muestra de la integralidad de NaturaGente, en donde la cultura indígena se encontraba con el misticismo de Krishna.

Vista de los nuevos trulys y casa de resguardo

Fachada de la casa de reposo

Interior de la casa de reposo

Interior de la casa de reposo

Una puerta del primer nivel siempre permaneció con llave. Pude ojear hacia adentro -a través de una ventana cercada con troncos- que allí había unas cuantas mochilas viajeras, una cama sencilla y un tapete naranja con inscripciones de colores.

Afuera de la maloca aguardaba expectante una veintena de fieles. Querían ver al Swami bendecir su vivienda. Él procedió a ello. Ingresó con el mamo hacia la habitación con llave. Entre risotadas le mostraba el lugar mientras el resto esperábamos por algo que no sabía cómo iniciaría, ni tampoco cómo acabaría.

La maloca daba a un segundo piso con un balcón donde se divisaba toda la finca. Allí, mamo y gurú salieron a avistar el panorama cuan emperador en palacio. Paramadvaiti tomó un elemento metálico de color dorado que desprendía humo por un extremo y lo pasó por todo el lugar. Desde el balcón apuntó al cielo con el humo e hizo una corta oración indescifrable desde abajo.

Paramadwaiti Swami y Lwntana Nakoggi hacen un ritual de purificación de la casa de reposo

“Aquí comienza todo”, pensé.

Continúa en Los mensajeros de las Naciones Unidas del Espíritu