Porto Alegre

Con los pies en tierra gaúcha

Una pandilla de nubes grises me recibió en Porto Alegre. El cielo crujía con mucha fuerza y a pesar de que la noche tardaría varias horas en llegar, todo estaba cada vez más oscuro, más frío, más húmedo. Pude disfrutar del clima pero seguía sin equipaje y eso me irritaba tanto que ni siquiera la frescura crepuscular mi molestia por no tener ropa.

Tal como supuse desde São Paulo, y para completar mi viacrucis por mi morral de viajero, tuve que esperar una hora para recoger aquel anhelado elemento en el cubículo de artículos extraviados. Ya conocía el procedimiento y los funcionarios hicieron su rutina de registro, control y verificación.

Tan pronto lo tuve en mi poder, di inicio a una nueva odisea: llegar hasta a Santa María sin saber cómo hacerlo; sumado a eso un portugués tan fuerte como el algodón de dulce que venden en las ferias de pueblo.

Dado que la nueva reserva tenía como destino final a la capital de Rio Grande do Sul, comencé a preguntarle a las personas -con mi léxico “Berlitz”- sobre las mejores formas para culminar el último tramo del viaje. Me recomendaron viajar por tierra porque solo 5 horas de distancia separaban a un lugar del otro. La cuestión en ese entonces era saber cómo llegar hasta la terminal de transportes; por suerte, al momento de comprar unos reales, el cambista sugirió que comprase el boleto desde allí mismo pues a unos pocos metros del centro de divisas la empresa de transporte Planalto daba la posibilidad de reservarlos con anticipación. Procedí a hacerlo.

Pagué 65 reales con 70 centavos, una cifra que no supe valorar como costosa o barata porque solo hasta ese entonces tuve mi primera relación con la moneda brasilera. A esos 65 reales tuve que sumarle otros 20 que un taxista me cobró por llevarme hasta la terminal. En el recorrido pude sacar un par de fotografías sobre el estadio de fútbol del equipo Gremio.

Gremio de Porto Alegre

Pero así fuese un ignorante en economía no lo era en matemáticas; por eso le indiqué al hombre que no le daría 25 reales porque su taxímetro indicaba lo contrario.

-Vai se foder (jódete) – dijo el taxista malhumorado mientras recibía mi dinero. Yo solo le dije adiós –en español- a él y a su vehículo adornado de pegatinas sobre Jesús, futbolistas y unas emisoras de radio que yo nunca había oído nombrar.

Con los 5 reales que quiso quitarme el muy amable caballero entré a una tienda de chucherías y compré una botella de jugo de naranja; al probarla me supo más a remedio para el dolor de estómago que al zumo de alguna fruta.

Me resultó bastante curioso ver al dueño de la tienda preguntar por mi lugar de procedencia; cuando hablé de Colombia se interesó más y no quiso curiosear sobre Pablo Escobar, Las FARC, o el narcotráfico en general; quería que habláramos de fútbol, y eso no se me hacía raro viniendo de un brasileño pero debo admitir que me tomó por sorpresa que el tema de conversación no fuese ninguno de esos que solemos tener los colombianos en el extranjero, aquellos temas que para bien o para mal (sobre todo para mal) nos dan una imagen ante el mundo.

        – De qual cidade é você? (¿de cuál ciudad es usted?)–curioseó.

– De Cúcuta- respondí esperando algún gesto de sorpresa dado que para muchas personas, incluyendo a los connacionales, Colombia se resume en tres ciudades: Bogotá, Medellín y Cali.

– ¡Bustos! – exclamó haciendo un ademán de agrado. Efectivamente hacía referencia a un no muy buen jugador de fútbol que tuvo su momento de gloria en el equipo de mi ciudad por allá en el 2007. Después continúo con el recuerdo.

-Aquele lateral dereito (aquel lateral derecho)… jogou no Inter e no Gremio (jugó en Inter y Gremio)… não fez muito na verdade (en realidad no hizo mucho)…me lembro o golaço aos gremistas na Libertadores (recuerdo el golazo a los gremistas en la Libertadores)-

Mientras más recordaba más me asombraba, y no precisamente porque entendiera todo lo que decía, sino porque muy a pesar de llegar con cierta predisposición sobre mi región, en el Estado más al sur de Brasil, algunos de sus habitantes sabían qué era Cúcuta.

Tiempo de partir

La charla terminó cuando el autobús hizo el llamado a los pasajeros. Apenas me senté dormí un par de horas hasta que en algún lugar del vehículo, alguien escuchaba una música bastante conocida para mí. Era en español, era colombiana, era vallenato; o mejor sea dicho un intento de vallenato como lo es la música de Silvestre Dangond. Nunca llegué a saber de dónde provenía el sonido y tampoco quise averiguarlo, me sentía cansado y quería dormir.

Cuando me bajé en algo que creía era Santa María noté que el cielo yacía descubierto y no habían señales de lluvía. En la terminal tuve que esperar a los miembros de Aiesec para que me llevasen a mi hogar temporal. Pensaba que las cosas estarían mejor con la familia adoptiva, y me entusiasmaba saber quiénes abrirían sus puertas para mí.

Comenzaron a correr los minutos y nadie aparecía. Mi celular acabó sin batería y solo podía dejarme llevar por la intuición; para dirigirme a alguien sospechosamente familiar primero veía sus ojos, quería encontrar miradas extrañas, gestos delatores, contactos visuales amigables, sonrisas sospechosas. Nada, no encontré ninguna pista, solo vi ojos concentrados en las pantallas de celulares.

15 minutos más tarde el estómago se quejaba de hambre y opté por un paquete de Doritos para amenizar la gastritis. Tomé asiento de nuevo y miré mi reloj: indicaba las 4 de la tarde. Ahora solo había que esperar una señal de interacción y no perder la paciencia.

El minutero siguió su ruta hasta las 4:30. Nadie llegó.

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Jhonattan Sarmiento

Aquí se replican historias, relatos, opiniones e investigaciones poco conocidas.

¿Por qué somos testarudos? Porque queremos ser libres pero amamos las cadenas.

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