El Aleph de los recuerdos

Una de las causas para partir hacia Brasil en vísperas de navidad fue precisamente para conocer sus tradiciones decembrinas; a pesar de tener dónde dormir, no convivía con familias brasileñas, por lo que la mejor forma de conocer algo sobre la cultura de Santa María era por medio de incontables caminatas que sostenía con Antonio y Gabriel.

En medio de los recorridos conocimos al Sebo Café Santa María, un espacio perdido entre una calle empinada y ruidosa, donde los transeuntes parecían más máquinas que personas; caminaban a un ritmo acelerado, mantenían la mirada siempre fija en el horizonte, y rara vez decían algo, ni siquiera para preguntar por alguna dirección. Entre ese desorden estaba el Sebo, un sitio difícil de definir en pocas palabras: librería de usados, tienda musical, almacén de antigüedades y abalorios, sala de tertulias, casa de torneos de ajedrez, expendio de café passado (que en español sería café colado)  y distribuidor gratuito de wifi.

El origen

Carlos Burigo y Simone Couto son una pareja de esposos que iniciaron esta idea en 2001. Con el paso del tiempo se fueron afianzando en el mercado con una estrategia de venta eficaz: el precio de los libros debía ser hasta un 50% menor al ofrecido por una librería. También, quien llegase a vender algún objeto a la tienda tenía la posibilidad de recibir crédito a cambio de dinero, con esto podría adquirir cualquier cosa que tuviese el mismo valor de la venta (un trueque disimulado).

Los visitantes que ingresaban (a diferencia de las máquinas de afuera) sabían que sobre la calle Floriano Peixoto tenían un lugar donde el intercambio cultural trascendía por sobre el entretenimiento personal. Lo que fuera una casa originalmente mutó a biblioteca de bajo presupuesto. Adentro, en pasillos angostos aunque profundos, anaqueles apiñados contra las paredes sostenían libros categorizados de distintas maneras. Las novelas gauchescas iban encima de los autores brasileños. La literatura universal a un lado de la filosofía. Más arriba, casi en el techo, ejemplares sobre ocultismo y macumba -una curiosa palabra para referenciar cierto tipo de brujería de raíces africanas-.

Erico Veríssimo posaba cerca de Jorge Amado; Saramago, agotado; las obras en español, de Galeano y García Márquez en especial, tenían buena demanda por parte de los estudiantes universitarios. Recientemente había llegado una curiosidad histórica, se trataba de una constitución argentina de 1949 (avaluada en 10 mil reales) con una dedicatoria especial del puño de Juan Domingo Perón para su amigo Getulio Vargas.

Varias vitrinas con antiguedades decoraban otro salón del Sebo Café. En esa área podían adquirirse desde vitrolas y viejas máquinas de escribir, hasta monedas antiguas, esculturas, réplicas de obras famosas; habían percheros atiborrados de llaveros viejos, teléfonos de rueda, postales…y fotografías descoloridas.

Quanta saudade desse Sebo!

Una publicación compartida por Jhonattan Sarmiento | Colombia (@jhonsca_) el

Sebo


Conocí materiales tan particulares dentro del Sebo Café…

Entre ellos uno muy particular: un ilustrativo libro de educación sexual para niños. En las imágenes las parejas se mostraban desnudas y el amor rebozaba por todas las hojas. Eso ya lo había visto en Colombia, una “enseñanza” donde se toma por tontos a niños y adolescentes, como si desde sus teléfonos, o en la cotidianidad con sus amigos, no hubiesen aprendido sobre el coito.

 

El pasillo de anaqueles terminaba en una zona más amplia con un zaguán que daba con el patio del Sebo Café. En el zaguán colgaban discos de vinilo por todas partes. Pese a que el salitre carcomía las paredes, y la humedad había deteriorado algunas portadas, los discos podían reporducirse una y otra vez. Así fue como tuve el placer de escuchar por primera vez, al ritmo de un anticuado tocadiscos, las canciones de Os paralamas do sucesso y Caetano Veloso, aunque el sonido más acogedor fue el de los cantores gauchos.

“Archer é Gularte vão ser fusilados”

Antonio, Gabriel y yo, acompañábamos a Priscilla, que trabajaba como archivista, hasta que el negocio cerraba sus puertas. Por ella, pudimos conocer con mayor detalle a Carlos, un hombre desdichado cuando Simone partía hacia São Paulo para visitar a su hija. Nosotros nos quedábamos más tiempo dentro para hablar con él. Este hombre de verdad se emocionaba al escuchar los lamentos de siempre de nuestros países. Creo que así se desconectaba de la melancolía.

Por las noches hicimos un ritual en el que comíamos pizza en el patio, que también era cocina, comedor, y en varios rincones, caja de arena para 2 gatos (Doles y Bibi) cuyas heces desprendían un olor penetrante sobre los muebles; veíamos la televisión, cantábamos, tomábamos café, hablábamos de política y reíamos, reíamos mucho. Me di cuenta con el paso de las noches, que Carlos, el Sebo Café, la pizza, y hasta los gatos, hacían que nosotros nos desconectáramos también. Por ellos salimos de de la burbuja mágica de AIESEC, donde todo era perfecto para sus pubertos directivos, que solo reían cuando hacíamos algún cuestionamiento.

Una noche, vimos algo raro en la televisión. El presentador del noticiero parecía angustiado, tomó los papeles de su escritorio, los leyó mentalmente para después mirar directo a la cámara. Luego su boca expulsó la noticia.

– “Archer é Gularte vão ser fusilados” (Archer y Gularte van a ser fusilados) – dijo el hombre de traje y corbata.

– Nossa! – exclamaron Priscilla y Carlos. Antonio, Gabriel y yo no sabíamos de qué trataba el asunto. Segundos después, cuando  el presentador salió de cuadro comenzaron a salir otras imágenes que daban detalles de lo ocurrido.

La pantalla exhibía la fotografía un par de hombres, brasileños de nacimiento, condenados a la pena de muerte en Indonesia. Marco Archer y Rodrigo Gularte habían recibido sentencia de un severo tribunal de justicia que los juzgaba por intentar ingresar droga a Indonesia 10 años atrás.

Archer, instructor de vuelo de 53 años, pisó tierras asiáticas en 2004. Cuando hubo de atravesar la máquina de rayos x del Aeropuerto Internacional de Yakarta, la pantalla indicó la presencia de una sustancia extraña dentro de los tubos de su ala delta: 13 kilos de cocaína aguardaban en los cilindros.

Gularte, quien apenas superaba los 40, fue detenido el mismo año que Archer. La tabla de surf que llevaba consigo cargaba en su interior cerca de 6 kilos de cocaína. Familiares y amigos, suplicaban al gobierno indonesio para que Gularte fuera transferido a un hospital, luego de ser diagnosticado con esquizofrenia. Nada recibieron como respuesta.

En vano al pedido de clemencia de la diplomacia brasilera –que solicitó la extradición de ambos hombres porque “el crimen había iniciado en Brasil”-  y las denuncias de Amnistía Internacional, que calificaba al acto como una “violación a los derechos humanos”, Archer y Gularte no salieron de una lista de condenados al fusilamiento que sumaba 20 prisioneros. Cada uno, sería avisado con 3 días de anticipación para prepararse mentalmente para posar frente al escuadrón de tiro, un clérigo y varios médicos.

El noticiero finalizaría con la proclama de una evidente crisis diplomática entre ambas naciones. Luego el presentador cambio su rostro parco, levantó las cejas, amagó con sonreír y anunció el final de la emisión, no sin antes invitar a la audiencia a sintonizar el siguiente programa: Big Brother BrasilEl dedo de Priscilla apagó el televisor.

Si te ha gustado, comparte.
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  

About the author

Jhonattan Sarmiento

Aquí se replican historias, relatos, opiniones e investigaciones poco conocidas.

¿Por qué somos testarudos? Porque queremos ser libres pero amamos las cadenas.

View all posts

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

95 − = 92